Todos en alguna ocasión hemos estado fatigados. Y no me refiero al cansancio normal después de una jornada de trabajo, ejercicio o lo que sea; me refiero a la fatiga que te tiene al borde del colapso y que el cuerpo dice que no dará un paso más, aunque te prendan fuego.
Aunque esta fatiga es muchas veces física, también está la fatiga mental, que es todavía peor. ¿Cuántas veces han despertado y prácticamente te has arrastrado al trabajo, aún cuando dormiste 8 horas la noche anterior? ¿Cuántas veces sientes hasta un dolor físico cuando recuerdas todo lo que te espera en la empresa donde trabajas? Y sin embargo, ahí vas arrastrando los pies porque necesitas dinero.
La determinación de seguir adelante a pesar de la fatiga es, muchas veces, lo que hará la diferencia entre el éxito y el fracaso y es, como en muchas otras cosas, cuestión de actitud. En un partido de fútbol, un equipo totalmente fatigado puede volver a la vida si cae el gol del empate. Si te estás durmiendo en una fiesta, rápidamente agarras ánimo si llega “esa persona”.
Si lo que quieres hacer te motiva lo suficiente para seguir adelante, la famosa fatiga se vuelve algo fácil de llevar. ¿Tienes algo que te motive a seguir adelante? Si no, más vale que lo encuentres, ya que es lo que te servirá de empuje de aquí en adelante.
Ya sea ganar más dinero, tener un negocio, estudiar otra carrera o hablar japonés, todos tenemos una meta que quisiéramos alcanzar. Hazla tu motivación y sigue adelante… aunque sea arrastrando los pies.
Para ganar dinero es necesario tener más que herencias, loterías o suerte. Con la actitud correcta, puedes lograr grandes cosas, materiales y de otro tipo.
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jueves, 25 de febrero de 2010
martes, 6 de octubre de 2009
Hay Que Seguir Adelante
Los gringos le llaman “move on” y se refieren con esto a olvidarse del asunto y seguir adelante. Aunque esto puede sonar un poco ambiguo, lo voy a comentar con una historieta:
Una persona X y una persona Y trabajaban juntos en una empresa. X y Y participaron en un proyecto de mucha proyección, donde Y, una persona con gran carisma y facilidad de palabra, se encargó de las “relaciones públicas” y las negociaciones, mientras X hizo prácticamente todo el trabajo técnico.
Cuando el proyecto terminó, Y, que era el que todos conocían, se llevó completamente el crédito. Subió de puesto, sueldo e influencia. X, por otro lado, se llevó una felicitación de Y y siguió en el mismo lugar. Molesto por como se habían tornado las cosas, X renunció a la empresa.
X nunca mencionó porqué, solo que “era conveniente a sus intereses personales”. Aunque trató de cortar contacto con Y, lo seguía viendo en el ambiente laboral y lo trataba con la cortesía necesaria para no agarrarlo de las greñas cada que se encontraban.
En fin, Y se elevó en el ambiente corporativo y, con el tiempo, llegó a los puestos directivos. X tuvo su propio éxito personal, aunque no tan elevado, en otras empresas en las que trabajó. Sin embargo, aunque Y era un buen contacto, no lo buscó ni por error, recordando lo que había pasado.
Total que Y, con el puesto que tenía, busco a X a principios del 2009, en plena crisis. Le dijo que su trabajo ya no era lo que hacía antes; ahora se encargaba totalmente de ondas administrativas y de relaciones públicas, como todo buen director, y que necesitaba a alguien de su talento y experiencia para competir mejor “sobre todo en estos tiempos”.
Aunque no quería hacerlo, X aceptó por pura desesperación. La empresa en donde estaba tenía problemas, no había habido aumentos de sueldo y había recortes por todos lados. Lo pensó objetivamente y se dijo “¿porque, ahora que estoy jodido, portarme altanero, hacerme el supuestamente digno?”.
Ahora, una persona X tiene un puesto alto en la empresa de donde se fue hace varios años. Sigue trabajando con una persona roba créditos, arrogante, pedante y muchos adjetivos que terminan en “ante”, pero ya lo conoce. Lo sabe manejar. Se hecho, lo podría haber manejado desde hace mucho tiempo.
Ahora, cada que hace algo, se asegura de que todos sepan que es él quién lo está haciendo. Conociendo su historial, Y le confía cada vez más cosas y le da más responsabilidades, aumentando su influencia e ingresos. Una persona X se pregunta muchas veces “¿Porqué no lo busqué antes?”.
La moraleja es simple: el rencor no lo dejaba. Dejarnos llevar por las emociones, especialmente las negativas, es una de las maneras más fáciles de hundirnos, a pesar de que tengamos mucho porque ganar.
¿Cuantos rencores sigues arrastrando? Cuéntalos y verás que son cadenas que te impiden levantarte. X fue aplastado por Y durante años, no porque Y lo quisiera hacer o siquiera lo intentara. Llevar esa carga hizo que, durante años, X pusiera su cuello bajo las botas de Y, aún sin que éste último lo supiera. X se hizo todo el daño a sí mismo.
Así que haz inventario de tus rencores y prepárate para seguir adelante. MOVE ON. A la larga y la corta, será lo mejor que hagas.
Una persona X y una persona Y trabajaban juntos en una empresa. X y Y participaron en un proyecto de mucha proyección, donde Y, una persona con gran carisma y facilidad de palabra, se encargó de las “relaciones públicas” y las negociaciones, mientras X hizo prácticamente todo el trabajo técnico.
Cuando el proyecto terminó, Y, que era el que todos conocían, se llevó completamente el crédito. Subió de puesto, sueldo e influencia. X, por otro lado, se llevó una felicitación de Y y siguió en el mismo lugar. Molesto por como se habían tornado las cosas, X renunció a la empresa.
X nunca mencionó porqué, solo que “era conveniente a sus intereses personales”. Aunque trató de cortar contacto con Y, lo seguía viendo en el ambiente laboral y lo trataba con la cortesía necesaria para no agarrarlo de las greñas cada que se encontraban.
En fin, Y se elevó en el ambiente corporativo y, con el tiempo, llegó a los puestos directivos. X tuvo su propio éxito personal, aunque no tan elevado, en otras empresas en las que trabajó. Sin embargo, aunque Y era un buen contacto, no lo buscó ni por error, recordando lo que había pasado.
Total que Y, con el puesto que tenía, busco a X a principios del 2009, en plena crisis. Le dijo que su trabajo ya no era lo que hacía antes; ahora se encargaba totalmente de ondas administrativas y de relaciones públicas, como todo buen director, y que necesitaba a alguien de su talento y experiencia para competir mejor “sobre todo en estos tiempos”.
Aunque no quería hacerlo, X aceptó por pura desesperación. La empresa en donde estaba tenía problemas, no había habido aumentos de sueldo y había recortes por todos lados. Lo pensó objetivamente y se dijo “¿porque, ahora que estoy jodido, portarme altanero, hacerme el supuestamente digno?”.
Ahora, una persona X tiene un puesto alto en la empresa de donde se fue hace varios años. Sigue trabajando con una persona roba créditos, arrogante, pedante y muchos adjetivos que terminan en “ante”, pero ya lo conoce. Lo sabe manejar. Se hecho, lo podría haber manejado desde hace mucho tiempo.
Ahora, cada que hace algo, se asegura de que todos sepan que es él quién lo está haciendo. Conociendo su historial, Y le confía cada vez más cosas y le da más responsabilidades, aumentando su influencia e ingresos. Una persona X se pregunta muchas veces “¿Porqué no lo busqué antes?”.
La moraleja es simple: el rencor no lo dejaba. Dejarnos llevar por las emociones, especialmente las negativas, es una de las maneras más fáciles de hundirnos, a pesar de que tengamos mucho porque ganar.
¿Cuantos rencores sigues arrastrando? Cuéntalos y verás que son cadenas que te impiden levantarte. X fue aplastado por Y durante años, no porque Y lo quisiera hacer o siquiera lo intentara. Llevar esa carga hizo que, durante años, X pusiera su cuello bajo las botas de Y, aún sin que éste último lo supiera. X se hizo todo el daño a sí mismo.
Así que haz inventario de tus rencores y prepárate para seguir adelante. MOVE ON. A la larga y la corta, será lo mejor que hagas.
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